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Archive for the ‘LAS AVENTURAS DE RAUDO Y SU FIEL AMIGO VELOZ’ Category

 

clip_image002Mandó llamar la Emperatriz a la mujer del mesonero.

Esta se apresuró en terminar de instalar en la habitación al ya dormido D. Jaime ayudada por Raudo y su fiel amigo Veloz, y una vez acomodado se prestó a los servicios solicitados por la emperatriz.

Tras quedarse solas, se fundieron en un abrazo emotivo e interminable. Raudo alcanzó a ver tras una de las rendijas de la puerta, como sentadas sobre la cama conversaban en voz muy baja, impidiendo al rufián valerse de sus secretos.

No había duda, ambas mujeres se conocían antes del encuentro. El asombroso parecido físico, los modales tan parejos y la demostración de algo más que amistad durante su encuentro, podían interpretarse como que aquellas damas guardaban un secreto que solo ellas conocían y no estaban, de momento, por la labor de compartirlo con el resto de huéspedes.

El único que podría sospechar algo era El Duque Empalmado, pero sus intereses  navegaban por otros cauces mucho más provechosos para su economía que para sus fantasías lujuriosas.

 

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Recobrados del sobresalto, reconocieron a Don Jaime de Mariño, Duque de Vahos, como el caballero que dio con caballo y cuerpo en el suelo, y al cual esperaban pero no a tan pronta hora.

Acomodaron el cuerpo magullado de Don Jaime en una improvisada cama al lado de la chimenea esperando a que los golpes sufridos fueran el mayor de sus problemas pues el aliento a bacterias y vino que desprendía su boca era de tal intensidad y densidad que resultaba imposible calcular cuando el Duque de Vahos volvería ser persona.

La esposa del mesonero atendió delicadamente al recién llegado, que con gritos y malos modos exigía humedecer su gaznate con el brebaje mas parecido al vino que hubiera.

Apretó la mujer con delicada fuerza la garganta de Don Jaime, a la vez que con su mano derecha acarició por encima de ropa la entrepierna del caballero produciendo un efecto de equilibrio y sosiego que terminó por convertir su mal humor en un sueño placentero.

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Pasaron el Duque y la Emperatriz la noche bajo las mismas sábanas. Y no fue el exceso de vino ni los aromas fascinantes lo que desprotegió la voluntad de la Emperatriz, ni avivó el deseo carnal del Duque, suficiente mente saciado aquella tarde, para que yacieran juntos, sencillamente respondió a la costumbre.

Hacía horas que el Conde de Altas Matas y El Duque Empalmado expresaron al mesonero su deseo de no ser molestados por nadie. Acomodados en la Capilla del mesón, con la sola presencia de Raudo a título de recadero, planificaron y repasaron la estrategia  de la empresa que les habría de reportar la más grande cantidad de riquezas, a la vez que les permitiría hacerse con el absoluto control de la corte, sin que se derramara ni una sola gota de sangre. Para llevar a cabo tal sociedad, necesitaban de la fiel colaboración de un reducido grupo de nobles desleales al Rey, que a cambio recibirían  en pago a los favores prestados importantes extensiones tierras y por supuesto poder territorial.

Se escuchó un tremendo ruido que inquietó a los dos traidores. Protegidos por sus miqueletes, tras unos minutos de silencio, fue Raudo quien atendiendo ordenes salió de la Capilla en busca de respuesta a tal estruendo. Para entonces su fiel amigo Veloz y el mesonero procuraban reanimar a un hombre que tras perder el control de su montura, terminó por estrellarse con la puerta del mesón.

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Raudo y su fiel amigo Veloz pidieron ausentarse sabedores que la noche parecía ya echada. La entrega de una pequeña porción del sólido aceite que guardaban en los fardos, sirvió de argumento atenuante para su pronta ausencia, evitando así posibles reproches.

Aceptaron el presente con cierto grado despreciativo, no sin antes ordenar a Raudo que preparara unas pipas para disfrutar del estimulante obsequio.

Continuaron El Duque y la Emperatriz llenando sus copas de vino, envueltos en la que fue considerada como la primera nube olorosa de la historia. Aunque a día de hoy todavía existan varias teorías sobre la verdadera definición del olor de tales formaciones gaseosas artificiales.

Pudieron Raudo y su fiel amigo Veloz, escuchar en una de las entretenidas conversaciones durante la cena, la noticia que al día siguiente esperaban la llegada del Conde de las Altas Matas, y de un segundo personaje del que evitaron pronunciar su nombre. Pero que atendiendo a la descripción, en su momento guardó una relación muy estrecha con la corte, y don El Duque, que se vio rota por orden del Rey, debido los excesos cometidos por dicho individuo en deshonrosos vicios nada recomendables, ni bien vistos por la iglesia, que terminaron por afectarle a una parte de su conocimiento.

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Ordenó la compañía de la mujer para despojarse de las ensuciadas ropas y librarse de los polvos del camino. El mesonero con buenas palabras y mejor tono, hizo saber su condición de esposo de la dama. A lo que el siervo del Duque respondió con unos escudos de plata sobre la mesa.

Raudo atizaba los troncos en la chimenea, cuando la mujer del mesonero hizo su aparición. Su cara, más airosa que nunca,  iluminaba la habitación sin necesidad de recurrir los candiles. Su modoso andar dejando entrever alguna pequeña dificultad, sin duda fruto del reciente exceso de rozamiento inguinal, auguraban otra noche relajada para el mesonero.

Más tarde el Duque Empalmado y la Emperatiz, bajaron por las escaleras luciendo una vestimenta casual muy acorde para la ocasión, Las carcajadas de él y las sonrisas de ella fueron la dosis necesaria para reducir la tensión, disfrazada de cortesía. El mesonero avergonzado, excusó la presencia de su esposa, por agotamiento, privándolos de sus servicios hasta el día siguiente.

Decidió el Duque, con la aprobación de la Emperatriz, que Raudo y su fiel amigo Veloz, compartieran las mismas viandas aunque en mesas separadas a la vez que rechazaron la presencia del mesonero.

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Entre una inmensa nube de polvo hizo su entrada el Duque Empalmado rodeado de briosos jinetes.

El mesonero, Raudo y su fiel amigo Veloz, salieron a recibirle. La dama de exquisitos modales descansaba ya en su habitación,  mientras sus dos sirvientas, con la ayuda del cochero, se afanaban en encontrar acomodo para el enorme baúl cargado de lujosos vestidos y complementos.

Preguntó el Duque si la Emperatriz se encontraba ya en la hacienda, y de ser así, que fuera avisada de su presencia. El mesonero indicó a Veloz que cumpliera la orden de tan ilustre huésped, a la vez que, en voz en grito, requirió la presencia de su mujer con el cántaro de agua fresca recién sacada del pozo.

Algo extraño advirtió el  Duque Empalmado pues al rellenar por segunda vez su vaso se agua, exigió a la mesonera que le mostrara su rostro. Una rebelde exclamación en referencia al todopoderoso salió sin contemplaciones de su boca al descubrir tan perfecta réplica humana, impropia de naturaleza conocida.

 

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Un carruaje tirado por un solo caballo apareció por sorpresa en la hacienda. Raudo advirtió al cochero que era imposible el alojamiento, ni ofrecer servicio alguno.

El cochero atento a las posibles suertes desde su llegada, rectificó con tono brusco a Raudo, ordenándole que anunciara al mesonero la llegada de la primera huésped.

Del coche bajó una dama de exquisitos modales, que en ningún momento dejó ver su rostro. Veloz condujo el carruaje al establo preguntando al cochero la identidad de tan aparente ilustre dama.

Este no solo no le respondió, sino que amenazó con quitarle la vida si osaba contar fuera de los muros lo que allí sucediera desde ese mismo instante. 

El calor resultaba extremo a esas horas del día y la dama de exquisitos modales pidió refrescar su cara antes de dirigirse a sus aposentos. Al descubrirse el rostro el mesonero quedó boquiabierto ante el gran parecido que guardaba con su mujer. Ambas compartían idéntico acento, similares volúmenes de pechos, y caderas, además de mismas facciones, tono de piel y dorados cabellos. Ni un espejo hubiera reflejado con tanta exactitud tan perfecta semejanza.

Pero las coincidencias entre las mujeres, no terminarían allí.

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A pesar del sobresalto inicial tras contemplar la  inesperada escena carnal, Veloz no dudó en unirse a tan particular homenaje al libertinaje, tras recibir la invitación gestual de la descarada esposa y la solicitud de ayuda de su amigo Raudo, impotente ante la braveza de la dama.

Ya amanecía cuando el mesonero agitó malhumorado los cuerpos tendidos en el suelo de los dos amigos que dormían a pierna suelta. La poca ropa que lucían, el desorden reinante, y la reserva demostrada por Veloz al evitar su mirada, incitó al mesonero a pensamientos viciosos sobre el comportamiento impropio de los dos hombres durante la noche.

Ya apuntaba el sol al medio día, cuando el mesonero compartió con su mujer el secreto matinal, que no impidió a la fémina dibujar en su cara una sonrisa embustera.

Ajenos a la escena matrimonial, Raudo y su fiel amigo Veloz terminaban de adecentar las cuadras en las que descansarían las monturas de El Duque Empalmado.

Un emisario, distinto al primero, anunció la pronta llegada del Duque. Debía estar todo preparado para su recibimiento.

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El Mesonero expuso a Raudo y su fiel amigo Veloz que debían abandonar la hacienda a primera hora de la mañana. La bolsa con monedas de plata, superaba con creces el pago y compromiso adquirido con ellos, por lo que el trato quedaba deshecho.

No hubo tiempo a réplica por parte de los dos amigos, ya que la ingeniosa mujer del mesonero intercedió, con la gracia de su acento jamás escuchado, a favor de los huéspedes convenciendo a su marido de lo útil que resultaría la presencia de los dos hombres durante la estancia del Duque, aliviando por ejemplo, el trabajo en las caballerizas. Utilizar sus voluptuosos argumentos en la versión más esplendorosa, disipó cualquier duda en el confiado marido.

No había duda, los ronquidos del mesonero, capaces de traspasar puertas y paredes, confirmaban que este dormía profundamente satisfecho.

Raudo, incapaz de conciliar el sueño, bajó al piso de abajo en busca de la compañía de las brasas de la chimenea, mientras su fiel amigo Veloz dormía placidamente sin atender a las desagradables respiraciones guturales del propietario.

Fueron los agudos sonidos de la mujer del mesonero los que sí despertaron a Veloz, quien haciendo honor a su nombre, se presentó en ayuda de la dama, quedando pasmado al observar entre la penumbra como su amigo Raudo sostenía entre sus brazos el cuerpo semidesnudo y contorsionado de la mujer de los cabellos de oro.

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Además de hermosa también cocinaba como los ángeles, y no por la extraordinaria cazuela de  patatas con jabalí que sirvió en abundancia durante la cena, ni por el bizcocho anisado capaz de encandilar al comensal antes de probarlo.

Aquella mujer llegada de las tierras del frío, de proponérselo, era capaz de conseguir que un hombre, fuera cual fuere su origen y posición, comiera de su mano con los ojos vendados.

Su inocente recato quedaba al descubierto ante los hombres, cuando hábilmente combinaba gratos rozamientos de sus pechos y caricias, para terminar las atenciones añadiendo una sonrisa tentadora, siempre a espaldas del confiado marido.

El grito ¡ha de la casa! sonó con fuerza desde el patio. No eran horas. Con prudencia abrió la puerta el posadero armado con una horca de hierro.

No hizo falta que la utilizara, el personaje nocturno no era otro que el emisario de El Duque Empalmado que anunciaba la visita de su amo, para la tarde del siguiente día. Advirtió el emisario que el Mesón debería quedar libre de huéspedes.

El posadero superado ante tal honor, reaccionó atendiendo a sus deberes preguntando por cuantos días permanecería el Duque en la casa. Una bolsa con monedas de plata encima de la mesa respondió a la pregunta eliminando así cualquier nueva pregunta.

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